Las TIC y un mundo mejor, para algunos.

CEMENTERIO DE ORDENADORES
Un ordenador viejo plantea un problema. Reciclar no es rentable: el valor de los materiales salvados ni siquiera roza lo que cuesta extraerlos. Rentabilizarlos requeriría salarios misérrimos e ignorar olímpicamente engorrosas medidas de seguridad. La solución es Guiyu.
Guiyu, de apenas 200.000 habitantes, es el mayor cementerio de ordenadores y demás chatarra electrónica del mundo. Hay más veneno del primer mundo en India, Pakistán, Filipinas o Nigeria, pero en ninguno como en Guiyu, en la provincia china del Cantón. Sus calles son un enorme basurero de cables y hojalata. A veces el orden revela la alta especialización: medio centenar de contenedores con ordenadores portátiles se alzan unos diez metros en la calle principal; una docena de grandes bolsas con carcasas de Game Boy se acumulan un poco más allá; un triciclo a motor cargado hasta lo peligroso de placas metálicas cruza a toda velocidad la ciudad. Otras veces no hay más que cordilleras de plásticos y metales. Es lo poquísimo no aprovechable que queda al final de la cadena, y que terminará en el río.
El 95 % de la población come de los ordenadores. A diferencia del paisaje del Cantón, en Guiyu no hay fábricas. El taller es el cobertizo, el patio interior, unos taburetes en el salón de casa. La tecnología del siglo 21 se destripa con sudores y utensilios del 19, a martillazos, con destornilladores y alicates, sin más protección que guantes. Los tóner de las impresoras, irrecuperables, son tirados en cualquier lugar, pero antes se ha inhalado la carbonilla. El asunto no sería tan catastrófico si los ordenadores no contuvieran tantos elementos cancerígenos. Hasta hace pocos años, en las calles se quemaban cables para extraer el cobre y se bañaban en ácido los chips para recuperar ínfimas cantidades de oro. Ahora se hace en la trastienda.
Un ordenador viejo plantea un problema. Reciclar no es rentable: el valor de los materiales salvados ni siquiera roza lo que cuesta extraerlos. Rentabilizarlos requeriría salarios misérrimos e ignorar olímpicamente engorrosas medidas de seguridad. La solución es Guiyu.
Guiyu, de apenas 200.000 habitantes, es el mayor cementerio de ordenadores y demás chatarra electrónica del mundo. Hay más veneno del primer mundo en India, Pakistán, Filipinas o Nigeria, pero en ninguno como en Guiyu, en la provincia china del Cantón. Sus calles son un enorme basurero de cables y hojalata. A veces el orden revela la alta especialización: medio centenar de contenedores con ordenadores portátiles se alzan unos diez metros en la calle principal; una docena de grandes bolsas con carcasas de Game Boy se acumulan un poco más allá; un triciclo a motor cargado hasta lo peligroso de placas metálicas cruza a toda velocidad la ciudad. Otras veces no hay más que cordilleras de plásticos y metales. Es lo poquísimo no aprovechable que queda al final de la cadena, y que terminará en el río.
El 95 % de la población come de los ordenadores. A diferencia del paisaje del Cantón, en Guiyu no hay fábricas. El taller es el cobertizo, el patio interior, unos taburetes en el salón de casa. La tecnología del siglo 21 se destripa con sudores y utensilios del 19, a martillazos, con destornilladores y alicates, sin más protección que guantes. Los tóner de las impresoras, irrecuperables, son tirados en cualquier lugar, pero antes se ha inhalado la carbonilla. El asunto no sería tan catastrófico si los ordenadores no contuvieran tantos elementos cancerígenos. Hasta hace pocos años, en las calles se quemaban cables para extraer el cobre y se bañaban en ácido los chips para recuperar ínfimas cantidades de oro. Ahora se hace en la trastienda.
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